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¿La droga más dura que conozco?

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El aire. Sí, ya imagino que esperabas otra cosa, algo truculento, desvaríos a cuatro patas en las aceras de una calle, tipos tumbados junto a las vías del tren conectados entre sí con cables de acero, conectados a las estrellas. Pero no, no era eso. Y no hablo del exceso o falta de aire, sino de las dosis en que acostumbras a consumirlo. ¿El efecto? Mantenerte con vida. Ese espacio parcelado en realidades, momentos, sensaciones, miedos, alegría, euforia, reencuentros y pérdidas, desatino y desvarío, a veces rocosa, escarpada, inaccesible, a veces mullida, amable. Un espacio que es la suma de tantas realidades, experiencias, voluntades, que no querrás que se te pase el efecto. O quizá sí. Aunque tiene cura. El amor es la respuesta. Y no hace mucho que hice esa pregunta con la certeza interior de que así era, asombrado de la simplicidad que desactivaba un problema tan complejo como vivir encerrado en un castillo por miedo a los otros, a uno mismo, todos los espejos rotos. No podía creer que haya necesitado tantos años para aceptar una idea tan manida, tan vieja, usada, poco original. Y cierta. Ser consciente de ello no tiene por qué suponer un antes y un después, puedes seguir amartillando defensas en tu castillo, pero esta vez con el escepticismo no sólo de saber que tu refugio es tu cárcel y tormento, sino que una nueva pérdida te puede resultar inasumible y obligarte a reconocerlo. Los castillos son jodidos de calentar en invierno y demasiado húmedos en verano, que has rumiado tanto tiempo las excusas que se han deshilachado, y, por fin, que no te sale de huevos perder a alguien a quien quieres, a quien has querido, aunque fuera a través de portones y almenas. Así que ahora respiro, me drogo con ello, y espero. Poder disfrutar de más aire, nuevas caricias.

A veces sucede

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A veces sucede que sin querer recorrer un camino, éste se muestra ante ti sin posibilidad de quiebros alternativos, dejándote con sensación de pérdida y aturdimiento, embargado en emociones maravillosas, también inconvenientes. Una mezcla de profunda ternura, desasosiego, expectativas que se alimentan a sí mismas sin necesidad de realidad en la que sustentarse. Y miro soñador a mi alrededor sin terminar de creerlo, sin apenas confianza, con miedo, dudas. Y una emoción que me atraviesa dejándome desnudo conmigo mismo, con mi pasado y sus errores, lo que creo ser, lo que quiero ser. Paralizado. A cámara lenta. Y en otros momentos agitado, extasiado, atrevido. No es esto lo que yo esperaba. No ahora. De esta forma. A traición. Sin preaviso y con margen de fracaso. Titubeo, siento sueño, me bloqueo y me dejo llevar. Me reprocho soñar y también no hacerlo. Apostando a favor y en contra. Y no hay nada, nadie, ni siquiera tú, que sea capaz de desbrozar el camino, de hacerme ver que no sólo es la única opción, sino que es inevitable. Es pronto, tanto que me avergonzaría que leyeras esto, que vieras en que estado me encuentro. Porque apenas hemos empezado a vivir y ya me siento viejo, huraño y con visión retrospectiva. Al borde de la congoja y el llanto, sin saber siquiera, si es pena o gratitud, si es rabia por no saber o emoción por sentir.

Una vez más, parece que estoy al comienzo de algo que, siendo honestos, ni siquiera se ha ganado esa frase. Pero si no es así, ¿qué hacen mis dedos?, ¿por qué esta necesidad de volcar la angustia, la espera, el deseo, la ilusión?

A veces sucede.

Bailar en los pasillos

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- ¿Qué haces en la Miguel Hernández? - pregunta él.
- ¿Y por qué crees que trabajo ahí?
- Una intuición, sólo eso.

Ella mira a su alrededor y valora por unos segundos esa tendencia a hacer conjeturas. Sabe que por el momento le divierte pero que pasará y quizá llegue el hastío, el cansancio ante una actitud que si bien roza la grandilocuencia no es más que un sentirse menos, una forma como otra de mostrar inseguridad. Él observa esa mirada y no es capaz de escudriñar el hilo de los pensamientos. Le da igual. Al fin y al cabo no es importante lo que ella piense en realidad. Al menos, no de momento.

- Adivinaste. Trabajo ahí
- Ya... ¿pero qué haces?
- Trabajo duro y mantengo mi mente concentrada en lo que hago, aunque a veces me imagino bailando a lo largo de los pasillos, rodeada de compañeros que se esfuerzan en seguirme. Yo lo agradezco dejando fluir mi cuerpo y dibujando una sonrisa que al recordarla más tarde me hace comprender que si tuviera que crear un mundo sería muy parecido a esa escena.
- ¿Y yo podría serte útil en ese mundo imaginario? Sé observar, fotografiar, y hasta llevar botellines de agua.
- No lo sé todavía. Déjame pensarlo.

fijo la vista al techo y no olvido

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Sí y noe. De eternas contradicciones parezco hecho. Fibroso y panzudo, al menos ahora. Brillante para lo accesorio y obtuso para lo importante. Argumentador vehemente de convicciones deshilachadas. Igual siempre es así y nos pasa a todos. Hasta hace poco tenía un pacto, un acuerdo para retomar una relación que no olvido, con una persona que me hace fijar la vista al techo por no hacerlo sobre mis miserias, las que han salpicado. Las que salpican y me hacen sentir traidor, falso, deshonesto. Aunque sé que no es del todo verdad. Que he sentido, siento, que he querido a Noe, que he querido formar parte de su vida, escucharla por las noches, las cosas que contaba, extrañas y a veces mágicas, su forma de contarlo, su voz, admirar su gracia, naturalidad, su espalda inquieta y atractiva. Y todo eso no ha bastado, al menos a mí, un tarado lleno de dudas; seguro que cualquier otro no estaría tecleando en este momento. Observaría la playa desde lo alto de su casa deseando que llegue el sueño, y así poder abrazarse a su espalda envolviendo sus brazos... como cuando me sentía vivo. Y ahora, a mucha distancia de esa sensación, sólo espero que algún día puedas entenderme, perdonarme. Comprender que el daño nunca ha sido voluntario; que en verdad esto es una oportunidad para que vivas lo que mereces, aunque sea con otra persona. Ojala pueda verlo y apenas me duela, y puedas mirarme a la cara y entender que no he querido que las cosas fueran de esta forma. La última vez que hablamos se abrió una herida supurante, y no es una metáfora. Sigue viva y necesito que cicatrice, seguir con mi vida, perdonarme y volver a sentirme limpio, ingenuo. Pero por encima de todo, deseo que algún día haya paz entre nosotros, aunque sea en la distancia, aunque sea a costa de colgar la etiqueta "inmaduro" de mi persona.

Eres especial, única, tan distinta que lo más me duele aparte de perderte es que esto sea definitivo, que te haya agotado como amiga. Sé que te voy a seguir queriendo.

Corre, golpea

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Ulysses' Gaze, de Heleni Karaindrou, y la cámara al hombro para retratar no una escena asolada, ni angustiosa, a pesar de la imagen, sino un encuentro con el niño meditabundo, asustadizo, frágil, perceptivo y vulnerable, hambriento de caricias y dependiente de ellas. A su pesar. A sabiendas de lo que el tiempo le enseñaría sobre ellas, la conveniencia e inconveniencia de las mismas. Pero faltan años para que lo descubra, de momento sólo corre, quizá asustado de su sombra o expectante de conseguir sus sueños. Sueños a medio articular, no ya por creerse no merecedor de alcanzarlos, sino, mucho peor, por no verse con el derecho de recrearlos en su mente. ¿Cómo liberarse de esas toxinas? Cómo poner los pies desnudos en el suelo y levantar 70 kilos de descreimiento. Haciéndolo. Como otros tantos que han pasado por ello, que siguen haciéndolo, que no se pueden permitir ser conscientes de la temperatura de la baldosa, de la amputación que supone para toda persona carecer de sueños. Y no queda otra que cubrirse de un cinismo cobarde, de sonrisa mustia y mirada vaga. Fijar la mirada en algo conlleva escrudiñar, explicárselo, y así, sin darse cuenta, esa mirada se vuelve hacía uno mismo, contra uno mismo, comenzando las preguntas incómodas y las respuestas automáticas, conciliadoras, tan habituales que un día pueden entrar ganas de arrinconarlas con los puños. Y qué hacer. Mantener la calma y golpear fuerte, claro. No puedo decir otra cosa a un niño que no sabe ponerle palabras a su carrera y, por tanto, no es capaz de entender qué ocurre ahí dentro. Cuando al fin lo entienda sus nudillos se habrán tintado de rojo en alguna ocasión. O quizá no. Puede que la imagen sólo muestre un juego en un parque, una foto hecha con dedos torpes, y estas ideas sólo pueden venir después de ver una película que me ha hecho sentir, y pensar. Sentir, sentirme, y sentir también la mano de Natalie Wood entre mis dedos.

Cabeza translúcida

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Aunque hubiera intentado evitarlo sabía que tenía las de perder, se habría impuesto su naturaleza translúcida, la que proyectaba en el exterior todas sus cualidades como si tuviera en la nuca una potente lámpara de 2.000 lúmenes, se tratara de las que le hacían sonreír con benevolencia o las que dibujaban una mueca incómoda en los labios. Mostrarse y permitir que otras personas indagaran en su interior no le molestaba ni causaba pudor, aunque fueran completos desconocidos. Nunca jugó con la baraja de ocultar aquello que le situaba en situación de desventaja, o aquello que bien utilizado desarmaba a otros, la información manipulada que permitiría alcanzar sus objetivos ya fuera en su vida personal o profesional. En alguna ocasión sintió curiosidad por probar aunque sólo fuera por conocer las reglas del juego. Pero sabía que no era su juego. Y porqué no decirlo, en las ocasiones en las que lo intentó fracasó, abandonó ante la sensación que se tiene en alguna fiestas en la que estás por simple compromiso y el encanto arrollador que muestras termina abruptamente cuando eres consciente que no eres ése, que el personaje te ha podido, te ha secado el alma. Siempre hay que desconfiar de las personas excesivamente encantadoras.

Por supuesto que no es fácil vivir con una cabeza translúcida, lo que para otros se resuelve con una simple maniobra evasiva para él puede suponer una compleja explicación que termina por incomodar al interlocutor. Nos han educado para mentir y disimular, mostrar lo que no hay y ocultar lo inconveniente. Y esto, seguramente necesario para un animal social e interdependiente como el hombre, asquea cuando se hace exclusivamente en la búsqueda del propio beneficio. A las cabezas translúcidas les revienta descubrir estas artimañas, pueden reaccionar poniendo el espejo delante del embaucador, o sufrir en silencio el apestoso espectáculo con una sonrisa desdibujada en los labios y la mirada muerta, deseando no estar allí.

Tampoco son fáciles las relaciones sentimentales por mucho que aparentemente se tome como valor la franqueza y honestidad con tu pareja. Y es que hay cosas que tu chica no quiere oír, ni ver, aspectos de tu persona que preferiría no conocer. Cabeza translúcida se ha despertado más de una vez con rabia después de una noche junto a su chica en que la verdad puesta sobre la mesa se les atragantó. Todos tenemos cierta dosis de permisividad ante las flaquezas ajenas, pero en general somos intolerantes con quien tenemos pegados a nuestra piel. Como si sus debilidades se sumaran a las propias alcanzando así un resultado insoportable, como si en realidad no se tratara de dos cuentas separadas. Quizá esa intolerancia venga del rechazo de las debilidades propias. Cabeza translúcida se ha preguntado en más de una ocasión si sería mejor mentir u ocultar, regalar a su pareja el envoltorio quimérico de hombre perfecto y seguro de sí mismo, y continuar dando brillo a esa imagen que ella ha construido de ti, aunque no sea cierta y te entren ganas de protestar y hacerle ver que debilidades hay en las dos partes, que no se trata de cargar con el peso del conjunto sino de comprender que a uno se le acepta por lo que es, se ama lo amable y se termina por aceptar lo que exige una segunda mirada. Y es que agota la duda crónica, irresuelta, la que aparece cada cuatro miércoles en esas cenas indigestas. Pues si cabeza translúcida muestra sin tapujos lo que otros negarían en contra del sentido del ridículo, su gran virtud es lo auténtico de su halago, de su caricia, de su palabra. A pesar de su frágil composición de cristal y su nariz rota en accidentes pasados, es innegable que hay corazón y sentimientos que no entienden de dudas. Así que cuando diga que te quiere no lo tomes como adorno.

Si quieres joder a una cabeza translúcida hazle ver que tanta transparencia se agradece pero no convence, muéstrale tu desconfianza por mostrar lo que tantas personas llevan a cuestas y tan pocas admiten. Pero asume que estás proponiendo el juego del engaño y del disimulo, el que tarde o temprano termina con palabras amargas a una amiga, café de por medio. Es un mentiroso hijo de puta (y yo he querido que así fuera).

Noe

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Antes de levantarse decidió limpiar sus restos de la piel. Con movimientos de esponja casi automáticos, suaves y rítmicos, acariciado por una cortina de agua que le despertaba y le hacía sentir bien por momentos. Trataba de expulsar los fantasmas de aquella vorágine que duró veinticuatro días exactos. Comenzó con desencanto al verse por primera vez frente a ella, compartiendo cerveza. Terminó en las lágrimas de la noche anterior, ya sólo, después de reprimir esa misma pena delante de ella, cuando se inclino frente a él, en la puerta de su casa. Sentado en el suelo, la espalda contra la pared, aguardando su despedida, y desde ese mismo momento, la decisión que prometió tomar pocos días más tarde. Porque podría ser que aquello terminara allí. De ahí las lágrimas ahogadas, la mandíbula haciendo presa, la mirada orgullosa, atenta aunque apenada... Por eso, ya en soledad, la infinita tristeza de sentirse de nuevo rechazado aún cuando en esta ocasión no había motivos, cuando sus actos no justificaban los miedos que ella vivía. "Busco un alma pura", decía. Y el sentía que no la tenía… y pensó que quizá no diese con ella, quizá su empeño era una quimera... A pesar de las dudas ella salió de su vida con promesas imposibles de amistad. Con cierta rabia, a pesar del cariño, él negada la posibilidad. "No te quiero de cualquier forma. No me interesas así."

Más tarde, se sentó a escribir dejando la revista que ojeaba sobre la mesa, encima de un montón de papeles. Cayó al suelo y al recogerla encontró un pelo suyo en el suelo, largo, ondulado, castaño. Lo cogió y observó con atención, casi con aprensión, como si temiera sentirla a través de él. Se levantó y lo arrojó por el balcón. Había pactado consigo mismo no sufrir por ella, tratar de no sufrir por nadie.

Decidió volver a ver cine

Desterró el llanto fácil

La lucha perdida antes de saltar al cuadrilátero

O mejor

El miedo a vivir en ese escenario multiforme

49 56 62 te quiero

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Te quiero

Calor, mucho calor... y el eterno problema del sudor en los ojos que hace lagrimear, moquear, que me asfixia. Una vez llego arriba decido no continuar, es tarde y he perdido fondo como para forzar tanto el cuerpo. Empiezo a bajar disfrutando de las cubiertas nuevas, arriesgando en las curvas todo lo que la prudencia me permite. 46 43 41 kms/hora. Vale, puedes soltar el freno, buscar la parte interior de la curva mientras te concentras en tres cosas: inercia e inclinación, estado del asfalto, coches en dirección contraria. 10-12% de inclinación, una S perfecta, una curva preciosa. Ya no me molesta el sudor, se ha secado y bajo sin tregua, disfrutando con cada pedalada que me lanza más y más rápido. Curva de 35 grados en la que puedes evitar el freno, giro a la derecha y una de las pendientes más pronunciadas que con suaves zigzags te sitúa en la S más larga, con una primera curva de 120 metros y una segunda de apenas 30... 63 61 47... El Campello y la playa de San Juan allá abajo, dibujándose con nitidez más allá de la carretera; a pesar de la necesidad de estar concentrado en el freno y el cambio de marchas, y de esquivar los parches de asfalto que castigan la nuca, nunca puedo dejar de observar el paisaje, aunque sea fugazmente... es parte importante de la recompensa al sufrimiento. 45, ya puedo soltar el freno y disfrutar. De nuevo la curva sale a la derecha y estoy en una larga recta que termina en giro a la izquierda, pero antes dos cruces que siempre me han dado mal rollo. Están en la única zona arbolada que cubre de sombras la carretera, y eso en ocasiones desorienta. Agarrando la parte inferior del manillar, el culo apenas levantado por encima del sillín, piernas pegadas al cuadro, nuca tensa y forzada... 49 56 62... entonces lo veo durante 1 ó 2 segundos... "te quiero", pintado sobre la parte trasera de una señal. Y me pregunto quién y a quién, me pregunto qué sentirá el amado al leerlo camino al trabajo, qué sentirá el amante en la misma situación, qué clase de conexión se da entre ellos en el momento que pasan por allí, activada por algo tan poco emotivo como una señal de tráfico. Pienso si el sentimiento ya estará agotado, o puede que sin estarlo la relación ha sido imposible y aquello no es más que un incómodo testigo del fracaso, y así la señal se ha convertido en algo de lo que conviene apartar la mirada, algo que despierta el impulso de aparcar el coche cerca y salir de él con un spray en la mano. Giro a la izquierda, 80 metros de suave curva a la derecha, y la recta más larga que tengo hasta la playa, 42 45 53...

Pintada en señal de tráfico, Carretera El Campello Aguas de Busot, 08-06-08

Allá va

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Extraña figura
cargada con extraño bulto
extraña textura
extraños colores

jugosos juguetes
divertidas ideas
cajas dentro de cajas
un silencio y un suspiro
todo eso y más
entre sus brazos

si pudiera saldría corriendo
abrazando el aire con sus metálicos brazos
aspirando con gratitud por las fosas nasales
el aire que despreciamos
con el que la figura sueña
así se sentiría mortal
y no mero mensajero
de jugosos juguetes
divertidas ideas

si pudiera pulsaría el pause
y miraría tu ojos con simpatía
preguntando si eres carne
o sólo figura
intrigada por tu bulto
igual de extraño
intrigada por si, también tú
vas cargada con un silencio
y un suspiro

pero nunca
nunca
pulsaría de nuevo el stop
el que le dio extraña textura
extraños colores

así podrías decir
allá va
viviendo su sueño
tintada de verde
tan graciosa
pero sobre todo
tierna

La historia más linda que nunca has leído

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Quizá debiera empezar por la soledad o por el terrible dolor que produce amar sin saber, de querer y joderla de continuo, joder y joderte. Pero ha tenido final feliz, como en los cuentos de princesas y príncipes; al fin y al cabo de eso se ha tratado. De eso y de una montaña áspera y antipática cuajada de frustración, lágrimas, pataleos, deslealtades con el otro y con uno mismo… montaña situada en un lado del valle… y enfrente, otra montaña igual de imponente, rebosante de amor, obstinación, voluntad, perseverancia, fe, crema y café con leche, mirada juguetona y palabra amable, caricia que eriza, orgasmo vivido con espasmo, deseo. Inevitable la lucha, heridos y sangre, llanto y rabia. Y como en todos los cuentos, llega un momento en que el príncipe decide afrontar su tarea y decapitar al villano, aunque en este caso no era tal el villano sino una persona insegura y miedosa, que quería y no podía. Aunque en este caso no fue el príncipe quien empuñó el hacha, sino la princesa. Y lo hizo bien, golpe seco y certero. A pesar de que el llanto se alargó más de la cuenta fue un buen trabajo. Aunque en este caso el golpe me lo llevara yo tengo que reconocer tu destreza.

En el suelo, sorprendido por mi sangre trazando regueros sobre un suelo mal nivelado, lamenté todos los esfuerzos y ganas que eché para que aquello fuera nuestro cuento, ya sabes, la historia más linda que nunca has leído. Viví como un desperdicio todo lo que te escribí en aquellos meses. Leía y lloraba. Apenas unas horas en soledad y ya no podía ni verme. A ratos no quería saber nada de ti, de mí, de nadie realmente. Y aún así soñaba con que vinieras a salvarme, asumiendo que definitivamente en nuestro cuento los papeles se habían invertido.

En el suelo, donde habitualmente me encontraba esos días, comprendí que el cuento había terminado, que no quedaban páginas por leer, y que ni siquiera fue lindo. Con el tiempo, se agigantó la pequeña sensación de que no podíamos estar juntos, que dolía demasiado. Con el tiempo he vuelto a coger la cámara y retratar de nuevo esta extraña y mágica vida, en la que a veces siento que no encajo, y otras, que no está todo dicho. Y es posible que con el tiempo lo próximo que busque escribir no sea un cuento sino una novela.

Retazos 1.0

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Al llegar anoche a casa me abordó un vecino octogenario con esa mirada tan suya, entre socarrona y seria. No me guarda rencor porque hace ya 3 años decidí que no podía seguir siendo presidente de la comunidad dando por hecho que aquello era un cortijo, su cortijo. Igual no lo guarda pues sabe que éste año que me toca de presidente ando bastante puteado con lo de aprobar estatutos, formalizar las cuentas, etc., etc., etc. O igual sí, pues me pidió que lo acompañara al tercero, donde habían aparecido unas flechas y letras marcadas sobre los peldaños de la escalera. ¿Vendetta?. Como buen chico no le mandé a tomar por culo que es lo que realmente me apetecía hacer sino que subí hasta el tercero y me arrodillé ante los dos escalones en cuestión. No fue un gesto de respeto ante aquellas señales extrañas, es que no se veían por ningún lado y ya que estaba allí aposté por hacer el paripé versión lux. Están, están, me decía, lo que pasa es que sólo se ven con el suelo mojado, cuando se friega. Dudé si aquello era una indirecta para que limpie el trozo de escalera que me toca (y hubiera sido una indirecta legítima, que conste. Sí, aquí tenemos extrañas costumbres, gestionamos la comunidad con Zoho Projects pero a la hora de limpiar somos unos clásicos, qué coño pagar a alguien para que limpie, autogestión, autogestión...) Dudé si le ocurre como a mí y el hábito domingo noche=tele le llevaba a Iker Jiménez entre el desprecio y la pena ante un circo decrépito (y mira que el tipo me parece un charlatán en sentido estricto. Acabo de entrar en su web, más de 11 millones y medio de visitas, hay que joderse, con tienda virtual y todo. Ya me gustaría a mí tener el pico que viene después del medio. A todo esto... ¿"tienda virtual"?... ¿hacía falta la aclaración?, ¿o es que sus adeptos no son entusiastas de la investigación rigurosa, tipos avispados?) y ha terminado creándose el binomio aterrador jubilado-adepto a Iker (no es coña, las conserjes donde curro pasan las tardes muy aburridas y no te haces idea de las conversaciones que se dan cuando nos cruzamos. Eso es capacidad de adelantarse a los problemas. Casi una proeza, me parece admirable eso de ver los problemas que se darán de aquí a 7 años). Bartolo, mi vecino (y las dos cosas son verídicas), casi toca a la puerta de Marisa -será la prota de Retazos 2.0- para que sacara el mocho y de esa forma poder enseñarme las flechas y letras. Flecha y letras que por lo que explicaba no parecían emocionantes. No sabía ni lo que ponía, ni si la flecha era de indio americano o de las que vemos sobre "exit". Hasta ahí no le llegaba la imaginación. Descarté hacer una foto de aquello y enviarla a Iker, creo que no pagan. Hasta los huevos de la situación y temiendo que asomase la bata Marisa -recuerda, Retazos 2.0- me despedí de Bartolo preguntándome si el Alzheimer de su mujer sería contagioso.

Viniendo de la piscina he cruzado un parque precioso. Y solitario. En Alicante las dos cosas van de la mano, por lo menos en cuanto a parques. ¿Dije solitario? Bueno, no conté a los canes y sus ¿amos? Uno de ellos se había dado el piro y su dueña gritaba su nombre con voz lastimosa y casi aterrada. No recuerdo el nombre, tengo memoria de pez y un amigo que disfruta recordándome todo aquello que vivimos hace dos años. El muy cabrón tiene memoria de elefante (Noé envío un zoo de elefantes a mi vida, siempre incrustados en la mollera de alguien cercano). El perro se había pirado mientras la dueña, que para mí que no dijo su nombre en ningún momento, estaba de party con el resto de amos. Y party de las de verdad. No sé que tiene Internet ni lo de tener perro que facilita las relaciones interpersonales de forma brutal. Los amos buscaban con la mirada al bicho sin moverse del sitio, mientras "ella" avanzaba gritando continuamente el nombre del perro (y con esto refuto lo de que la repetición es la mejor manera de preparar un examen), el perro, ni puta idea el perro. Aunque estoy convencido de encontrarlo en el camino antes de ver a su dueña. No se le veía pena por ninguna costura, diría que se sentía liberado, un parque para él solito, sin tener que aguantar las neuras de su dueña, la dosificación de la comida -artificial además-, el estar encerrado todo el puñetero día, lo que evidentemente les hace mostrase encantados cuando aparece el amo por la puerta (el día que aprendan a manejar el mando de la tele se acabaron esas muestras de alegría que realmente son un bálsamo ante la perspectiva de que tu vida puede ser algo más que seguir el vuelo de las moscas con la mirada). En fin, que he seguido el camino de vuelta a casa extrañado ante las party espontáneas de los amos que quieren creer que los saltos son de alegría. Extrañado y esquivando cacas de perro.

600 kms. de par de cobre (hasta ti, hasta mí)

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De desconocido a desconocida, cauto a cauta... al fin y al cabo los dos tenemos claro lo que hay y lo que no hay. Y aun así bromeamos sobre copas de vino y charlas animadas, sobre abrazos, y eso que sabemos que es imposible, que sólo nos une el par de cobre que recorre más de 600 kilómetros.

600, hasta ti. 600, hasta mí. Y no sabemos cuándo serán 0.

Para mí no es la primera vez que estás al otro lado, 20 minutos de realidad y el resto formado por letras, voces, risas. Distancia. Y a la vez cercanía. Esa extraña sensación de habernos sentado frente a frente en alguna ocasión. Será por eso que sin ser la primera vez que estás ahí sí es nuevo estar instalado en la calma del llegarás. Pero también en la calma del quizá no.

Y eso me hace feliz.

Sosegadamente feliz.

Te estás desdibujando

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Trama, píxel, semitono... al fin y al cabo es una mirada. Tu mirada. La que me sigue haciendo temblar y vence cualquier miedo a soñar contigo, contigo y conmigo a tu lado, compartiendo no sé bien qué. Y aunque compartir sea lo de menos al mismo tiempo es lo de más. Porque esa mirada ha sido engañosa, hostigadora, también fría, desapasionada. Sabemos que aquello fue tan real como las emociones de deseo y admiración que me vienen a la cabeza, hoy, agolpándose, cada una a su ritmo, aparentemente desorganizado pero con la sincronización precisa para situarme en el colapso. Con angustia, pero sobre todo con amor.

Me consuela que te estás desdibujando, pero cómo te cuesta, jodía.

No deberías pensar en ello

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Es lo que me repetía continuamente mientras ella explicaba cómo montar y desmontar un marco con precisión y destreza. Estábamos los dos a solas en un amplio almacén, rodeados de cajas, material de exposición, herramientas, archivadores, peanas... Cuando la conocí unas semanas atrás me dejó boquiabierto, en torno a 40, muy muy sensual, educada, lista, con sentido del humor... Pero es mi trabajo y no debería pensar en ello, en lo que me despierta, en lo que provoca.

Sus piernas desnudas asomando por esa falda corta, blanca, sus pies formando un ángulo complicado dentro de unos zapatos de verano, rojos, su pecho medio descubierto medio adivinado, su sonrisa, sus ojos, azules, el hueco que hace un portagafas enganchado en la falda y que permite ver la tira de sus braguitas (tanga?), negras...

Mientras manejaba herramientas explicaba y explicaba sin que yo consiguiera engarzar más de tres palabras seguidas, mi mente era una web caótica plagada de enlaces a los instintos más sexuales, a la contención y el "no deberías pensar en ello", al intento de comprender porque en poco tiempo montaré exposiciones y me estaba dando una clase muy valiosa. La seguía de un lado a otro del almacén tratando de que mis ojos reflejasen una comprensión que estaba muy lejos de ser real. Me sentía más capacitado para imaginar mis manos sobre sus hombros haciéndola retroceder con suavidad hasta una de esas enormes cajas, observando sus ojos, disfrutando de su reacción, adelantándome mentalmente al siguiente movimiento, al sabor de sus labios, de sus pechos, a lo comprometido de que alguien abriera la puerta mientras estoy dentro de ella, con la ropa a medio quitar, despejada la duda de si eran bragas o tanga.

Quizá por ser mi trabajo, por no ser el momento, por no percibir estímulos suyos que alimentasen mi deseo, porque se ha impuesto mi parte profesional cortés y educada... el caso es que he salido de allí deseando volver a verla y no verla nunca más a partes iguales.

De momento, esta noche será la última vez que piense en ello. Sólo un ratito.

Recuerda

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Comenzó con piar de pájaros y pasaron a un vals de circo, lleno hasta la bandera de enanos de mirada maliciosa y labios pintados de rojo... medio travestidos medio simples empleados obstinados en seguir hundiendo la empresa mes a mes... como cualquier español. Eso me sugiere Antònia Font

Cambié la música, no podía escribir nada serio con eso de fondo. O mejor, decidí cambiar. Pero mi cabeza no respondía al ritmo marcado por el deseo, así que saltó la cosa a Armando Rampas. Me gustó... ya conocía el disco de meses atrás, pero me dio su puntillo la canción en ese preciso momento. Terminé sumergido en un monasterio con unos tipos empeñados en meterme por la garganta no sé qué tipo de espiritualidad con rebaja fiscal incluida, Swans.

Pero no quería hablar de todo esto, sino del tipo que anda con un ratón como mochila a la espalda. Ni Aurelio Ayela ni Martín Azúa, demasiado sencillo, fin de juego obvio, obsolescencia programa ya en el mismo entretenimiento... demasiado lejos hemos ido. El caso es que andaba preguntándome cómo de útil había sido a la sociedad ese día. Ya sabes, esos extraños juicios morales que se celebran a oscuras, en la intimidad de la cama. Las imágenes alteradas por nuestros propios intereses se suceden mientras podemos cambiar hasta dos o tres veces de cargo: ¿he sido feliz?, ¿qué me ha aportado de positivo el día?, ¿he actuado correctamente?...

¿Qué tipo de ratón cargo a la espalda?, ¿qué tipo de ratón soy?, ¿qué tipo soy?, ¿qué?

He recibido una correo de una chica a la que conozco poco pero que siempre me ha transmitido buenas sensaciones, hacía tiempo que no sabía de ella y comentaba algunas fotos del blog y ciertos emociones que terminaron por salir, sobre todo porque estaban ahí dentro, pero también algo catalizaba lo que veía y leía, creía ver y creía leer. Pero lo que me ha hecho levantarme de la silla lleno de inquietud ha sido imaginar la cara del enano travestido, no medio, travestido.

Es broma.

La impresión que he sentido ha sido de rayo paralizante. Imagina que un rayo recorre la distancia entre tu ceja izquierda y el omoplato derecho (sin cirugía, bordeando) a 17 lunares el intervalo entre que empiezas a abrir el ojo y alguien lo besa porque realmente se siente agradecido de tanta belleza como le das. Pues como 5 o 6 lunares más. Así es un rayo paralizante. Y aunque no consiga entender cómo hace la frenada y la wikipedia se piensa si aumentar el tamaño de la letra del texto "Se busca editor, friki, leído y con adsl 3/256 o superior" que aparece en la entrada... me pregunto si es el momento de explicarte el título de la entrada.

Recuerda. La música y los enanos, tipos con ratones a su espalda y dudando de quién es el tipo y quién el ratón, amigas fotos y emociones, rayos paralizantes y la web 2.0.

Me llamo Guillermo, soy el tipo del ratón a la espalda, escucho a stars of the lid, cierto que me cae bien Montse, cierto que no me interesa la fotografía sino la belleza y me ayudo de un radar privilegiado que capta lo lindo que hay en los rincones, y los rincones que está bien que sigan siendo rincones y no avenidas, y todavía más cierto que cuando decías que te has puesto a llorar poco me ha faltado para acompañarte, me sentía feliz por entrar en tu mundo de pequeños y grandes sentimientos aunque sólo fuera como incómodo invitado. Me alegro de que de alguna forma hayamos compartido ese momento.

Recuerda. Música, belleza, emociones, compartir.

Recuerda qué recordar y qué olvidar, y que todos llevamos un ratón a la espalda.

Piezas a las que me gustaría dar sentido o de cómo meter una ciudad en una persiana

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es una putada pero me siento de esa forma como si fuera una ciudad hecha a pedacitos mal configurados que no encajan y lo peor el arquitecto se piró con la maleta llena de dinero y en la mente dos o tres PGOUs de esos de copiar y pegar

he jugado con el balance de color las curvas la saturación los filtros he logrado embellecer algo apagado opaco hasta que casi todo Alcoy cabe en esa persiana de formas sugerentes

pero mis piezas balances niveles filtros siguen su espiral caótica no consigo darles sentido y dibujarme con colores vivos alegres vitalidad energía más bien llegan a mis oídos chirriar de metales viejos y fantasmas que desterré tiempo atrás

cómo ser capaz de meter una ciudad en una persiana
y a la vez
ser incapaz de dar sentido a lo que me hace persona

Cosas

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cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas cosas

(a diferentes tamaños y tipografía)

y

besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos besos

(a diferentes tamaños y tipografía)

(aunque sean cosas distintas
-las cosas
y los besos-
ocupan el mismo tamaño
mismas letras, mismo párrafo)

y ahora la parte enigmática:
distinto pero simétrico
con sabores y significados distintos
los que sientes
y pretendes
de los que pretendo y siento

no busques entender
mejor deja que las palabras y la intención recorran los recovecos de tu mente, se cuelen en tu paladar y te hagan abrir mucho los ojitos gracias al inesperado pero delicioso sabor

En mitad del pasillo

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Esperaba un sobre marrón claro con los resultados de una prueba de sangre, en mitad del pasillo. Lo rasgó por un lado con fría determinación. Avanzo unos pasos y leyó aquel folio. No sabría decir si encontró alivio o temor. Continuó caminando hasta girar en dirección al ascensor que la sacaría de allí, con su tesoro o carga aún en las manos. Sin darme cuenta parte de mi se fue con ella.
 
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